Hace unos días me vi a mí mismo quitando el precinto a una copia de Assassin’s Creed Revelations e insertándola en la PS3. Al momento me transporté a Masyaf y Constantinopla tras una puesta en escena totalmente cinematográfica. En cuestión de tiempo, y a base de machacar botones, Ezio comenzaba a hacer cabriolas y contraataques, con unos planos  y unas escenas a cámara lenta que me hicieron exclamar “guau”.

Y es que los videojuegos han evolucionado mucho desde sus orígenes, y me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre este proceso evolutivo en el cual nos hemos visto inmersos como usuarios y consumidores de una industria, y el trato que hemos recibido de manos de las compañías desarrolladoras, así que os invito a sumergiros en mi disertación.

Comencé mi traqueteo de botones particular con una SNES que aún atesoro en mi cuarto. Por la fecha las cosas eran mucho más sencillas. Se soplaba el cartucho, se introducía y a jugar. En todo momento éramos conscientes de la artificialidad del juego, y no planteaba ningún problema. El coctel elaborado con diversión y reto podía tenerme horas enganchado a una máquina, y la sensación final era muy satisfactoria. Por la fecha, y esto se hace más cierto cuanto más avanzamos atrás en el tiempo, el contenido de los cartuchos era muy limitado, y eso hacía que los planteamientos fueran mucho más simples: atraviesa ocho mundos y salva a la chica, o consigue la Espada Maestra para rescatar a las doncellas y vencer al Mal. Era una época donde la imaginación del jugador tenía un factor relevante en el juego, y esto hacía de la sensación de jugar algo único.

Conforme fue avanzando el tiempo, y como es normal en todo tipo de industria, los videojuegos comenzaron un proceso de evolución. Los cartuchos (o discos) cada tenían más capacidad y las ideas y planteamientos que las compañías podían presentarnos eran cada vez mayores. Gracias a las posibilidades del hardware, se tomó un rumbo de acercamiento hacia lo cinematográfico que culminaría en la generación actual.

Hoy día los videojuegos son casi películas, más bien diría que son muy peliculeros. Conforme las máquinas eran capaces de renderizar mejores texturas, reproducir mejores sonidos y en general, aumentar su cota de realismo, hemos llegado a un punto donde se pueden ver técnicas propias del séptimo arte adaptadas al mundo del videojuego. Así vemos como muchos juegos incorporan créditos en su introducción, como si de una producción cinematográfica se tratara.

Esta situación nos ha llevado a ver juegos como Call of Duty, con una cota de espectacularidad que roza lo increíble, o Assassin’s Creed, que nos permite sumergirnos literalmente en una ciudad del siglo XVI, y creo que el mayor ejemplo de este proceso cinematográfico es la saga Metal Gear, toda una película de acción hecha juego. Los ángulos de cámara, las situaciones o efectos como la cámara lenta no hacen sino plantearnos cada vez situaciones más y más peliculeras, aportándonos un espectáculo bestial mientras tenemos un mando en las manos.

Pero no todo iba a ser de color rosa. Este paso en aras de lo cinematográfico nos ha lobotomizado un poco. Ahora la información nos la dan procesada, mascada. El jugador no tiene porqué realizar ese ejercicio mental que era necesario hace unas generaciones, cuando no había medios para realizar las superproducciones que hoy día se realizan. En ocasiones me permito echar de menos una experiencia mucho más arcade y me echo unas partidas a Super Mario World por ejemplo.

Otro aspecto del que me gustaría dar constancia es que este movimiento en la industria nos lleva a otro nivel en cuanto al consumo. Cada vez los juegos nos duran menos, ofrecen menos tiempo de juego y dada su estructura nos dan menos alicientes para rejugarlos, salvo los que incluyen modo online, que en mi opinión da infinitas horas a un juego. La corta duración de los juegos nos han convertido en devoradores de títulos, nos han acortado las horas de vida de los videojuegos y en parte, nuestra capacidad para disfrutarlos.

Ignacio Reinosa

Estudiante de Filosofía. Redactor en Revogamers desde 2008. Amante de los videojuegos, y de escribir sobre ellos. Videojuegos, lectura, rol, juegos de mesa y mucho más me dejan sin tiempo para nada más.

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4 comentarios

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  • Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Hace unos días me vi a mí mismo quitando el precinto a una copia de Assassin’s Creed Revelations e insertándola en la PS3. Al momento me transporté a Masyaf y Constantinopla tras una puesta en escena totalmente cinemato……

  • Estoy muy deacuerdo. Antes contaba mucho la imaginación y ahora todo es muy visual pero el reto es mucho menor. Todavía sigo rejugando juegos de SNES pero de las ultimas generaciones no suelo rejugar nada.

    Lo peor es eso, que ahora nos compramos (yo al menos) unos 20 juegos mas por plataforma, y creo que ya es pasarse para los precios que tienen. Con 3DS ya me lo estoy pensando mejor, y actualmente solo tengo 3 juegos, todavia no me he comprado el MK hasta que lo vea por ahí de oferta…

  • De hecho, hace apenas unos días tuve la oportunidad de jugar Uncharted 3 en una PS3. Y justo como dices: Todo muy peliculero, es casi como jugar una película.

    Y claro, Uncharted 3 tiene un buen grado de dificultad, pero no se compara al grado de dificultad de los juegos de antes. Aunque me agrada el camino de las “películas interactivas” que han tomado los videojuegos, lo que no me agrada es el hecho de que al usuario lo traten como tonto y te salten tutoriales por todos lados, incluso para como moverte.

    Eso si, todavía hay juegos que mantienen el equilibrio entre lo visual y la jugabilidad. Y por eso me siguen gustando los videojuegos.

  • Pues hombre, yo cuando jugaba de pequeño al Balloon Fight, al Ice Climber o al Battle City con mi padre no me planteaba ni imaginaba más de lo que me enseñaban. Jugaba por la diversión. 

    No se, yo creo que a veces la nostalgia hace mucho xD

Ignacio Reinosa

Estudiante de Filosofía. Redactor en Revogamers desde 2008. Amante de los videojuegos, y de escribir sobre ellos. Videojuegos, lectura, rol, juegos de mesa y mucho más me dejan sin tiempo para nada más.

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